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Se celebra
4
diciembre

Santoral católico

Santa Bárbara de Nicomedia

Santo/aTurquía
Nacimiento
Nicomedia
Muerte
Nicomedia

Biografía

Santa Bárbara de Nicomedia fue una virgen y mártir del siglo III o IV, nacida en esta ciudad turca. Encerrada en una torre por su padre pagano, descubrió la fe cristiana y la abrazó con firmeza. Su decisión de seguir a Cristo le costó la vida, pero su sacrificio la convirtió en una santa venerada en toda la Iglesia. Se celebra el 4 de diciembre. Su nombre inspira fortaleza y devoción.

Texto oficial del santoral

Santa Bárbara, tan célebre en la Iglesia, tanto griega como latina, vino al mundo hacia la mitad del tercer siglo. La opinión más verosímil es que era de Nicomedia en Bitinia: su padre se llamaba Dióscoro, uno de los más furiosos secuaces del paganismo que jamás se conocieron; tan obstinado y tan adicto a las extravagancias y supersticiones de los paganos, que su devoción y su culto a los falsos dioses iban hasta el delirio y la necedad. Era, por otra parte, de un humor extravagante y de un natural cruel, teniendo todas sus inclinaciones bárbaras: no tenía más que esta hija, en la que Dios había juntado todas las calidades y prendas que hacen mirar a las de su sexo; una belleza extraordinaria, un talento superior, un alma noble y tan amiga de la razón, que desde su infancia se admiraba en ella una prudencia sin igual. Por más bárbaro que fuese Dióscoro, no dejaba de amar a su única hija apasionadamente; y este misántropo era tan idólatra de su hija como de sus falsas divinidades. El temor de que hubiese otro que la amase tanto como él, le hizo tomar la ridícula resolución de hacerla invisible a los hombres. Hizo construir un cuarto acomodado en una alta torre, donde la encerró con algunas criadas desde su primera juventud; y como había reconocido en ella un espíritu extraordinario, quiso cultivarla, para lo cual la puso maestros. Creciendo Bárbara en edad, crecía igualmente en espíritu y en sabiduría: sus delicias eran contemplar el cielo, y aquella multitud innumerable de estrellas, astros y planetas que le hermosean. No era menor la atención, admiración y gusto con que observaba la revolución periódica de los cielos y de las estaciones: el curso de los astros tan regular, y toda la armonía que advertía en la Naturaleza, la embelesaban; y, elevándose sobre, los sentidos con las solas luces de la razón, decía: ¡ Cuál debe ser la sabiduría infinita, el poder sin límites del Artífice que ha criado todo este vasto universo, que ha arreglado con tanta habilidad todas las partes de que se compone, y que le conserva con tanto orden? ¿Quién se, atreverá a imaginar, que esta grande obra, que este vasto y magnífico palacio ha sido fabricado por sí mismo, ó que este mundo tan unido, tan bien ordenado y tan adornado ha sido hecho por el acaso? ¿Quién no reconoce en este todo y en todas sus partes un Ser soberano, y una suprema inteligencia que lo conserva y lo gobierna? ¡Qué poco merecen nuestros dioses el nombre que llevan! ¡Qué divinidades tan ridículas! Se sabe cuándo nacieron estos pretendidos dioses: ellos no existieron siempre; luego no se han criado a sí mismos ; porque, cuando uno no existe, no puede producirse ni criarse; luego es preciso que haya una suprema inteligencia, un Ser soberano, que no haya comenzado jamás a existir. Hecha cristiana Bárbara, conoció luego que la verdad no podía encontrarse sino en un espíritu verdaderamente cristiano. Ilustrada por las: luces de la fe, no halló gusto en adelante sino en las máximas del Evangelio. Haciendo impresión la gracia en un alma tan inocente, no aspiró sino a la soberana felicidad. El mundo la pareció no tener cosa que fuese digna, dé un corazón cristiano. La virginidad con especialidad la parecía una virtud tan preciosa y tan, amable, que hizo propósito de perder antes la vida que este rico tesoro; siendo, la augusta calidad de esposa de Jesucristo el solo objeto de su ambición y de su ternura. Como Dióscoro tenia distintas miras en cuanto a su hija, y ésta era su ídolo, pensó en buscarla un establecimiento correspondiente a su mérito y a sus prendas: desde luego, se le presentó un partido ventajoso, qué debía hacerla una de las señoras más principales dé la provincia. La hizo Dióscoro la proposición, y se la dotó, con todo lo que podía tentar a una señora joven. El desprecio con que miró la Santa este matrimonio no hizo que su padre perdiera de todo punto las esperanzas; el cual, teniendo que hacer un viaje, creyó que el tiempo la mudaría, y que a su vuelta la encontraría más dócil: nuestra Santa en este tiempo pidió a su padre que mandara hacerla en lo más bajo de la torre un baño para su uso. Consintió Dióscoro en ello, no atreviéndose a negar cosa, alguna a su hija : ella misma trazó el plan, y su padre mandó a los albañiles que hicieran cuanto antes la obra. Habiendo partido Dióscoro, nuestra Santa dió priesa a los obreros; pero lo que quería no era un baño, sino una capilla: mandó hacer en ella tres ventanas que, a falta de imágenes, la representaban el misterio de la Santísima Trinidad. Habiendo vuelto Dióscoro de su viaje, corre adonde estaba su hija, la abraza, y, no dudando qué hubiese mudado de sentimientos sobre el partido que la había propuesto, la pregunta sí permanece siempre resuelta a no admitir el casamiento. Nuestra Santa le responde que la ternura con que ama a su padre no la permite apartarse de él para pasar a la casa de un esposo. Vos, padre mío, sois ya viejo, le dice con un tono tierno y afectuoso; permitid que, cuide yo de vuestra

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