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Se celebra
1
junio

Santoral católico

San Íñigo de Oña

Santo/aSiglo XIEspaña
Nacimiento
Calatayud
Muerte · 1057
Oña, Burgos
Época
Siglo XI

Biografía

San Íñigo de Oña nació en Calatayud, Aragón, en el siglo XI. Fue un abad benedictino de carácter dulce y pacífico que dedicó su vida al monasterio de Oña en Burgos. Su virtud y santidad fueron tan profundas que su muerte hacia 1060 fue llorada incluso por judíos y musulmanes. Se celebra el 1 de junio. Un nombre que inspira paz y entrega espiritual.

Texto oficial del santoral

En concordancia con la calenda antigua del cenobio pirenaico de San Juan de la Peña no se encuentra documento alguno, escrito o cultual, a lo largo de nueve siglos que haya sugerido para San Iñigo patria diversa de Aragón y Calatayud. Gráficamente expresaba esta realidad una representación escénica del siglo XVI en honor de San Iñigo, cuando un actor en figura de demonio sugería a su príncipe: "Sábete, gran Belcebú, — que este Santo venerado — que en Oña está sepultado — era de Calatayú". Los escritores y el pueblo bilbilitano han fijado la casa natal de San Iñigo en el barrio de los Mozárabes, donde la actual iglesia benedictina, un barrio indefenso que hacia el año mil aguantaba sobre sí los cerros fortificados de los invasores sarracenos y a sus lados el ambiente hebreo que tantas lápidas ha legado. Pocos años después de la muerte de San Iñigo existía ya allí un monasterio benedictino. Al carácter de San Iñigo en esta primera juventud dedicó su discípulo el abad Juan de Alcocero una sola frase, pero de honda sugerencia: "Fue suave y manso aun cuando estaba en la soberbia del siglo". Tobed de Calatayud, con su cueva y su culto a la Virgen, es un nombre enlazado en el recuerdo bilbilitano a la retirada de San Iñigo hacia la soledad. También el monasterio de San Juan de la Peña consideraba a San Iñigo de su escuela y lo resalta en su calenda: "Iñigo, monje del monasterio de San Juan Bautista". Eran los años del implantarse, en los monasterios del viejo reino navarro, la reforma benedictina que el recoleto Paterno y sus compañeros enviados por Sancho III el Mayor habían aprendido y practicado en Cluny. Un manuscrito inédito del archivo oniense compendia así la estancia de San Iñigo en el monasterio pirenaico: "Tomó el hábito de monje en el monasterio real de San Juan de la Peña, el cual poco había que el rey don Sancho el Mayor había ilustrado. Y después de haber vivido en el dicho monasterio algún tiempo, con beneplácito y voluntad de sus superiores, salió a vivir a los desiertos imitando a los Santos Padres". El prestigio firme de San Iñigo por este tiempo es su vida oculta y anacoreta. Cada documento anterior presenta un nuevo rasgo hagiográfico: "En los comienzos de su edad dispuso de servir a Dios todopoderoso, ayudándole su gracia. Y porque esto más a su voluntad pudiese hacer, estaba apartado fuera de todo poblado en un monte, adonde en una cueva hacía vida de ermitaño y solitaria; y allí estuvo algunos años morando en hábito de monje, mortificando su carne con trabajos de vigilias, ayunos y oraciones. "Durante muchos años llevaba una vida de rigidísima aspereza en la soledad de los montes en hábito de monje, preclaro en opinión de santidad." "Su célebre fama resonaba lejos y ampliamente y con frecuentes milagros." "Y oyendo los moradores comarcanos su santidad iban a verlo con gran devoción y recibían de él muy saludables consejos y amonestaciones, y con su ejemplo muchos menospreciaban el mundo y entraban en religión." Todos estos detalles de los viejos documentos, aun a través de su dura corteza latina, configuran la primera imagen histórica de San Iñigo: Carácter de apacibilidad externa y empuje interior para entregarse a Dios en los rigores y dulzuras contemplativas de la vida eremítica y para entregarse a los hombres desde su cueva y con su hábito monacal como guía y modelo de vida perfecta. Mientras tanto, en un bravío recodo de las estribaciones cantábricas que encuñan de roquedales la vieja astilla burgalesa, el conde don Sancho de Calatañazor, nieto de Fernán González, había aplomado un monasterio con robusta silueta románica de retiro y fortín. Lo entregaba como dote a Tigridia, "nuestra hija dulcísima", que fue la más popular abadesa de este monasterio benedictino de religiosas con capellanía de monjes. La generosa carta fundacional del conde don Sancho de Castilla es del año 1011. La abadesa infanta quedó para la posteridad como Santa Tigridia y su epitafio se escribió sobre un altar de la iglesia de San Salvador de Oña. Posteriormente a la abadesa Tigridia la observancia religiosa aparece lánguida en el cenobio del conde. Su yerno Sancho III el Mayor de Navarra, primer emperador de las Españas reconquistadas, con facultad pontificia y de los obispos de sus dominios, suprime la Comunidad de monjas e introduce monjes de la regla cluniacense el año de 1033. El primer abad de la Oña cluniacense fue dom García, pero su prelatura sólo duró dos años incompletos. Lo demás lo transmite en este castellano primaveral una Memoria antigua y abreviada del archivo de Oña: "Quedó este Monasterio de Oña sin Pastor. E cobdiciando el Noble Rey darle Regidor e que la nueva planta, que había ordenado, permaneciese siempre en mayor virtud y santidad, finalmente, la fama (que casi todas las cosas quenta) vino a las sus Orejas de este piadoso Rey, e fuele dicho la vida santa y loable, que el Bienaventurado S. Iñigo facía, y habiendo el su Consejo con varones sabios e discretos, que consigo siempre traía, envió

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